Te cazo al vuelo



Voy apurado por el microcentro. Trato de escaparle a su sofocante y omnipresente sensación térmica: 34º. Más quiero huirle, más me acosa. Pareciera que fuera como este sistema de vigilancia extrema que avanza cada vez más. Y no crean que exagero, esperen al próximo nueve de diciembre, fecha principesca si la habrá.

Cazo al vuelo el mensaje invisible pero implacable: debo ir cauto por el microcentro si no quiero terminar ahogado.

Me sumerjo en las entrañas del monstruo. Línea B dice el cartel.
Pido permiso al molinete, duda, me retiene por segundos la tarjeta de cartón. Finalmente me deja pasar, pero me imprime un cero en el pase. Cazo al vuelo también este mensaje: la próxima no paso. Y como no voy a ponerme a discutir lo injusto de su decisión (es fin de mes y no tengo ni para- justamente- viajar), paso masticando bronca.
En ese instante levanto la cabeza y un tufo me invade de repente. Resoplo y tomo envión para enfrentar la marea de anónimos y anónimas que están dispuestos y dispuestas a ganarse un lugar en ese encastre humano.

Bajo las escaleras. Una pregunta que va acompañada de una voluntad oscura y tal vez inmanejable se me presenta de pronto: ¿qué pasa si empujo al yuppie que tengo adelante?
Termino de bajar y el hombre trajeado deja ver su costado humano que me solidariza: su camisa está tan transparente como seguro deben estar sus sábanas. Y sus cortinas. Y sus toallas. Sus suelas.
Pero su rostro está fastidiado, pero no parece ser un fastidio momentáneo. Ese rostro porta agresión en sus gestos.
Al terminar de bajar de las escaleras nos vamos ubicando todos en el anden con un desorden pautado.

Llega el subte cual cadena de producción. Solícitos accedemos. Nos empujamos porque sabemos que el tiempo que tenemos nunca es el suficiente. Un pitido suena, cazo al vuelo también esta señal: saco pecho y a puro topetazo me hago lugar.
Somos muy extraños los humanos, tenemos leyes de convivencia que vaya uno a saber cómo y por qué se ponen en común. Si yo hubiese puesto las manos delante, quien recibía el empujón seguro me hubiese mirado mal. Pero como mi cuerpo se comportó como si otra cosa no le quedara quedé eximido de culpa.
Arranca y ese torpe sacudón nos acomoda un poco.
Pasamos la primera estación y en la segunda, con las puertas que se demoran abiertas, escuchamos por los parlantes que dicen que el servicio está con demora.
Algunos resoplan, otros se inquietan, otros parece no haber escuchado.
Es momento para los comentarios, si hubiese apostado habría ganado. Una señora mayor (que no es lo mismo que una viejita o abuela) pica en punta:
- ¡Qué barbaridad, siempre lo mismo!
Se abre un instante, un segundo en que el comentario quedó en soledad. Rebotando por ahí.
Un hombre de unos cincuentilargos, de chomba y maletín recoge el guante:
- Sí, siempre lo mismo. El otro día le pegaron a uno.
- Una barbaridad, como si los trabajadores tuvieran la culpa- dijo la señora, que no era una viejita pero que de repente se me transformó en una abuela.
- Que no van a tener la culpa, ganan más que yo que soy profesional. ¿Cuánto quieren ganar? Trabajan 6 horas. ¡Por favor!- termina su frase dirigiéndose a la abuela que sofocada se nota derrotada como para ensayar un disgusto en sus gestos. Aún así yo lo veo en sus ojos.
Entre una pasividad que me viene del centro, del microcentro, y una ebullición que habrá nacido en las periferias, lo miro con odio a este señor. Caza al vuelo el mensaje.
Sin apenas dejarme soltar mis argumentos, se corre precavido hacia la otra puerta. Así es como debe haber pasado su juventud en los setenta.

Cuán precarios somos, pienso. Y me pongo a pensar de dónde me viene la idea. Si de verme los cordones desatados o de esta situación cotidiana.

Llego a mi estación, veo su nombre pasar por la estación. Malabia... ¿será un presagio ese nombre?
Apenas bajo me corro a un costado y me ato los cordones.
Me incorporo y a lo lejos veo al profesional que se hace lugar a los empujones en la escalera mecánica. Pero se le hace fácil, porque delante de él va el yuppie ajado, aún más decidido.

Salgo de la fosa con una pregunta:
¿Cuál de estos personajes es capaz de pegarle a un trabajador del subte?

3 comentarios:

Mery dijo...

Lamentablemente una mayoría. Es increíble escuchar a la gente en su vida cotidiana diciendo toda clase de comentarios dignos de la derecha más reaccionaria... es como si se negaran a ver las causas de todo, a entender que la vida es más compleja de lo que la pintan los medios. Frases como "estos no laburan porque no quieren" o "acá los derechos humanos son solo de los delincuentes" son promovidas desde los medios pero a la vez fruto de una vida injusta en la que por una increíble ironía todos terminan odiándose los unos a los otros. Es como si no bastara que nos explotan, como para incluso matarse entre explotados. La hicieron muy bien, demasiado bien...
Besos
*Mery*

PD: excelente tu post, dicho sea de paso!

Dalton dijo...

Mery, disiento con la idea de que la vida es compleja, por lo menos desde este análisis.
Yo la veo simple: muchos trabajan, muy pocos se la llevan.
Lo que sí me parece complejo es el aparato ideológico de este sistema que ha logrado (no del todo, tengo esperanzas por el cambio, lucho por ello) que nosotros mismos (los que trabajamos) nos regulemos nuestro propio orden. Llegar a eso es sofisticado. Luchar contra eso merece que se generen una/varias ideas para contrarrestarlo, algo que la izquierda dogmática no entiende. Solo se limita a leer una y mil veces el mismo libro. y sobre todo quemar militantes. Aún así valoro su existencia (para que no se me confunda con tanto diestro macartista).

Ojitos Lindos dijo...

Este tema me hace acordar a una frase bastante derrotista de un tal Harrington:

"Si meteis en un saco algunos perros y los sacudís, todos los perros se morderán unos a otros, pero a ninguno se le ocurrirá morder lamano que los sacude".

Claro que hay que ver qué pasa cuando los perros lean la frase!