-Sí, Irma, con todo gusto podríamos ayudarte a falsificar la firma...
La burocracia (o los burócratas, sus autores materiales) tiene esas cosas: a veces se permite sus licencias. De repente uno se descubre corriendo en un en un pasillo gris, en un edificio gris, entre oficinas de lo más grises pobladas por vegetales grises, porque es presionado a firmar en tiempo y forma un papel que certifique la presencia de uno en su oficina en el horario indicado.
No es sólo la gravedad de dejar de hacer cualquier cosa que uno esté haciendo (trabajo, en cualquiera de sus formas) para acudir al rescate del papel, siempre más urgente. El papel incluso antes que la realidad: no importa que uno haga bien o mal lo que tiene que hacer, no importa siquiera que uno esté o no en el lugar que el papel certifica, nada le quitará el sueño al edificio gris mientras haya papeles que certifiquen que las cosas están donde deben estar.
Es la dictadura del papel.
Es la opresión que hace que la ontología del papel sea notablemente más imponente que la humana.
Es la dictadura del sistema puesta en una hoja entintada.
Y una burócrata, que no es más que una feliz servidora de nuestro dictador, apuntándonos con su planilla.
Y ahora buscando nuestra complicidad para esquivar el tiro que le sale por la culata.
La burocracia tiene esas cosas: a veces nos permite sus licencias. Pero sólo cuando ella lo decide. El amo pide la mano al esclavo.
- Sí, Irma, con todo gusto podríamos ayudarte a falsificar la firma... pero sucede que no sabemos cómo es. Si te fijas entre tus papeles seguramente encontrarás alguno que le hayas hecho firmar a Rogelio cuando aún vivía.
La burocracia (o los burócratas, sus autores materiales) tiene esas cosas: a veces se permite sus licencias. De repente uno se descubre corriendo en un en un pasillo gris, en un edificio gris, entre oficinas de lo más grises pobladas por vegetales grises, porque es presionado a firmar en tiempo y forma un papel que certifique la presencia de uno en su oficina en el horario indicado.
No es sólo la gravedad de dejar de hacer cualquier cosa que uno esté haciendo (trabajo, en cualquiera de sus formas) para acudir al rescate del papel, siempre más urgente. El papel incluso antes que la realidad: no importa que uno haga bien o mal lo que tiene que hacer, no importa siquiera que uno esté o no en el lugar que el papel certifica, nada le quitará el sueño al edificio gris mientras haya papeles que certifiquen que las cosas están donde deben estar.
Es la dictadura del papel.
Es la opresión que hace que la ontología del papel sea notablemente más imponente que la humana.
Es la dictadura del sistema puesta en una hoja entintada.
Y una burócrata, que no es más que una feliz servidora de nuestro dictador, apuntándonos con su planilla.
Y ahora buscando nuestra complicidad para esquivar el tiro que le sale por la culata.
La burocracia tiene esas cosas: a veces nos permite sus licencias. Pero sólo cuando ella lo decide. El amo pide la mano al esclavo.
- Sí, Irma, con todo gusto podríamos ayudarte a falsificar la firma... pero sucede que no sabemos cómo es. Si te fijas entre tus papeles seguramente encontrarás alguno que le hayas hecho firmar a Rogelio cuando aún vivía.