¿Impune ó Inimputable?


Tener la explicación de algo, su razón ó motivo de ser, es claudicarlo y ponerle fin. Es no volver a preguntarnos por eso, es cerrar definitivamente el círculo de la reflexión.
Volver una y otra vez sobre lo mismo, con humor ó seriamente. Prestar atención tanto a esas intuiciones esporádicas como a las deducciones más lógicas. Hace, definitivamente, que ese "algo" sea un universo inabarcable, inconmensurable. Nicho de símbolos y procesos. Representante de la lógica del universo ó el más cruel escollo del devenir humano.

COLARSE EN LA FILA DEL COLECTIVO

-Mezquindad sin sentido que no tiene otro fin que el de realizar un acto violento de desprecio al prójimo.

-Hecho intencionalmente subversivo contra la regla establecida de "es por orden de llegada".

-Espasmo de egoísmo irreflexivo que no busca un beneficio particular más que el de adelantarse a otro (si en la fila hay diez, se cola a la mitad; si en la fila hay veinte, se cola por el número diez).

-Heroica irreverencia que no teme a la mirada acusadora del rebaño moralista, y arremete valiente y solo contra la masa atomizada formada en la fila.

-Típico representante de la masa atomizada, devastada y agotada que, rendido, dejó de considerar al “otro”.

Como dije arriba, no creo que haya una única explicación.
¡Aportá la tuya!
Sí rescato que “el orden de la fila para esperar el colectivo” es una de las tantas reglas no-legisladas, que el que la cumple no lo hace por temor a una reprimenda, sino por otros tantos e inabarcables motivos.

Pero también he notado que, sea cual sea el motivo por el que se cola cada uno, la mayoría tienen algo en común: cuando se habla del tema en otros ámbitos, todos te dicen “yo no lo voté” ¡perdón! dicen “yo no me colo”.

¡Necesitamos tu opinión!
Si te colás, contanos tus motivos y te ganás un free-pass VIP, para filas de colectivo, por 30 días.

¿A dónde se fue?


Y la vida me cambió. Nunca más volvió a ser lo que era.
Un instante. El límite entre el ser y la nada. Y un después alterado para siempre.
Ahora recuerdo que no fue algo repentino. Ahora recuerdo que hubo una señal, una advertencia de que esto podía pasar. Ahora recuerdo cuando desapareció por un instante, pero al instante volvió.
Jamás pensé que eso podía ser un indicio, una insinuación.
Así fue que ocurrió. La perplejidad se impuso y una pregunta inundó todos los sentidos.
¿a dónde?
No hay en ese momento respuestas racionales que se presenten para el alivio.
¿a dónde se fue?
En la búsqueda frenética descubro que mi campo de desempeño es inmensamente grande. En esa inmensidad transcurrían mis días. Paradójicamente mi ostracismo hizo que a la vida la mirara como desde un ojo de buey, un monitor de 14.
Pero ya nada es igual. No hay continuidad. Ni siquiera hay salida.
Una eterna parálisis en un no-tiempo.
Se me ocurre una fatalidad como única salida. Pero sé muy bien que eso me haría perderlo todo. Tal vez así pueda volver a su encuentro.
Pienso entonces en re-iniciar esta historia...
Antes de hacerlo. Vuelvo a preguntarme.
¿a dónde mierrrrda se fue el cursor del mouse?

Licenciosos


Esto no puede ser.
Reunión.
¿Alguien sabe qué derechos laborales están contemplados en este trabajo en particular?
Y nadie se sorprende al notar que, repentinamente, conoce todas sus obligaciones y deberes.
¡No podemos ser tan ingenuos!
Me propongo conseguir nuestros derechos. No se entusiasmen, tanto empuje ya no queda dentro de esta máquina de transformar personas en números. Sólo me propongo conseguir una copia de los derechos que se supone están contemplados en este trabajo.
Pero antes, hurgo en el imaginario de todos los que los desconocen (esto es: todos los consultados): “Creo que tenemos 15 días al año por exámenes”. “Por enfermedad te dan unos veinte días al año, me parece”. “¿Habrá días por mudanza?”.
Luego de meses (si, me-ses) de haberme propuesto conseguir esto –es verdad que sin empecinamiento, como con desdén-, llegué a dos conclusiones: la primera es que a nadie se le había ocurrido, hasta mi pregunta, preguntarse sobre sus derechos. La segunda es que, sin proponérmelo, estaba sembrando la semillita de esa pregunta.
Voy por el pasillo y me llama La Rubiecita de la otra punta del edificio. Me dice que, finalmente, encontró nuestros derechos laborales... ¡en internet!
Muchas hojas de “no-derechos” sino de explicaciones burocráticas.
Paso, paso, paso todas esas hojas.

Acá está, página 6. ¿Qué hubieran buscado ustedes primero? Yo, “Licencias”: de 14 a 35 días de vacaciones según la antigüedad; 45 días corridos por año por afecciones comunes (no eran 20, eran más); 15 días por enfermedad de familiar a cargo; 5 días corridos por exámenes y un total de 28 días al año (no eran 15, eran más); 1 día por donación de sangre.
Por maternidad, 45 días antes, y 60 días posteriores; por adopción, 90 días corridos; 2 horas diarias por lactancia; 3 días por nacimiento de hijo; 10 días corridos por matrimonio; Por enfermedad de largo tratamiento hasta 2 años; 3 días por fallecimiento de cónyuge, hijos, nietos, padres ó hermanos.

Y bueno, no son todos los derechos pero aquí están las licencias. Estas dos carillas y media están insertas entre las veintidós carillas de esta ley que leeré con tiempo.
Lo menos llamativo de todo esto es lo previsible que resulta, a veces, el modo tan obvio en que el sistema nos incrusta las obligaciones... y que había dibujado, al menos en el imaginario de las personas a las que había consultado previamente, la mitad de los derechos que les corresponden.
Bueno, decir “la mitad” es ser demasiado optimista.

Los dejo... me voy a donar sangre.

Ascensor


Que los lunes son difíciles
Que el jueves anuncia la inminencia del último día
Que menos mal que es viernes
Y el milagro del feriado que transforma el lunes en fiesta.
Que cuánto calor
-o cuánto frío-
y cómo puede ser
que hayan
–o que no hayan-
prendido la calefacción
Si hay lluvia, ¡qué lluvia!
Si los medios de transporte,
que los horarios,
que a las vacas no les gusta viajar mal,
pero tampoco
las medidas de fuerza.
Así que buen día, permiso, adelante, gracias,
la mesa de entradas al fondo del pasillo.
Buen fin de semana

Formas de ser estandarizadas,
frases que ya estaban dichas,
conversaciones ya conversadas
A veces la rutina habla a través de nosotros

La argentinidad


Un joven de pelo cortísimo sube al metro, el vagón está casi vacío. Se sorprende al ver sentada a una chica de piel trigueña. Sentado frente a ella hay otro joven.

“¡Zorra!. ¡Inmigrante de mierda! ” grita el primero que no titubea y le asesta uno, varios golpes a la adolescente que no puede entender por qué. El testigo de esta terrible escena no se inmuta.

“¡Vuélvete a tu país! Le grita a modo de despedida. Y se baja con rumbo desconocido.

La chica es ecuatoriana, tiene apenas 16 años. Por miedo ni ella ni su familia hizo la denuncia.
Santiago Xavier Martí Martínez es un joven nazi español. “Estaba borracho. No me acuerdo de nada”, fueron sus palabras despreocupadas.

Gracias al testimonio fílmico que obligó a la intervención de oficio de la Guardia Civil el nazi fue detenido.

El testigo de pasiva existencia es un coterráneo.
Yo, argentino.

La rutina es sólo para quien la labra


El es el Pibe del Delivery, el de la yerba y las medialunas, también el de las anécdotas contadas como travesuras, de esas que difieren mucho de lo que el código penal dice y de lo que los duros del guante blanco denuncian.
Ella es administrativa, un estereotipo de mujer: morocha de pelos largos, boca prominente, cintura fina y glúteos extrovertidos (ese tipo de colas que te interpelan. Más: te acusan).
Él acaba de llegar a su mayoría de edad, flaco, menudito (como diría mi abuela), morocho.
Ella, más rápida que el tiempo, está por alcanzar sus treinta.
Todas las mañanas, a eso de las nueve y media, me trae el café con dos medialunas.
A la media hora lo escucho que le lleva a ella un cortado. Así todos los días.
La rutina me hace perder la atención, el piloto automático me filtra todo tipo de novedades. Así me perdí de ver a Los Piojos que tocaron debajo de mi trabajo.
Pero a veces uno, para no sentirse un vegetal, un empleado púdico, decide tomar las riendas de la nave.
No sé si ese momento coincidió con la escena que voy a compartir o ya se venía dando. Un verdadero torbellino de pasiones del otro lado de la mampara, único obstáculo que me separa de la oficina de La Morocha.
Sin más preámbulos. Se viene una historia de sexo.

Escucho que entra en su oficina y ella lo recibe. A continuación el ruido de una bandeja que se apoya en un escritorio. Suena un poco eufórico el saludo y un chuick que se sintió como con succión.
- ¿Cómo estás pibe?
- Acá andamos. Medio fisura. Anoche descontrolamos con el ñeri. Fuimos a dar unas vueltas y terminamos re-tarde.
- Yo estoy aburrida, pero contenta porque es viernes.
- Sí. Termino de laburar y me voy a dormir una siesta así a la noche estoy fresquito.
- Qué calor que hace, ¿no?
- Si. Por lo menos no llueve.
- Pero digo. Vos que andás por todos lados. ¿en todo el edificio hace tanto calor?
- No sé, todavía no fui a los otros pisos.
- Ah... claro. A mi me atendés primero...
- Si. Porque vengo también a traer café a la oficina de un arquitecto.
- Pensé que venías por mí...
- Le dejo el café al arquitecto y vengo para acá.
- Claro. Te desocupás para quedarte un rato conmigo...

Evidentemente hay dos charlas.
De repente vuelvo a mi. Es el teléfono que suena. Sigue sonando, va a seguir sonando.
Vuelvo a mi lugar de espectador.
No se escucha nada. Trato de agudizar mi oído. Lo fuerzo. Nada.

De repente

- Ay, pibe. ¿Cómo me mostrás esto?
- Me lo pasó un pibe que labura abajo.
- Cómo me mostrás esto.
- ...
- Claro. Vos no entendés. Sos muy chiquito...
- Jaja... -la risotada suena un tanto quebradiza
- Qué calor que hace acá
- ...
- ¿Vos no tenés calor?
- ...
- No digas nada. Pero este corpiño me está matando. Date vuelta.
- ...
- Listo. No se nota, ¿no?
- n-no...
- Menos mal que me vine con este pantalón blanco. Viste que la ropa clara es más fresca.
- ...
- Vos con ese jean te debés estar asando...
- s-si...
- Yo no sé como hacen los hombres en verano con los slip. ¿Vos no tenés calor? - ...
- Y... porque no es lo mismo. Nosotras podemos ponernos algo bien chiquito y listo. Es re-fresco. Y cómodo. Con este pantalón casi ni se nota.
- ...
- ¿O si?
- ...
- ...
- n-no...
- Ah... que pícaro que sos nene... te vi que me estabas mirando cuando me di vuelta.
- ...
- ¿Me queda bien?
- ¿Qué cosa?
- Ya sabés
- ¿El pantalón?
- No te hagas el tonti...
- ...
- La tanguita
- ...
- ¡Ey! ¿Te comieron la lengua los ratones?
- No... si... eh, no...
- Ese teléfono saca fotos, ¿no?
- ...
- Dale. ¡Respondeme algo!
- ...
- Bueh... a ver. Prestamelo.
- Sí, tomá. ¿Lo sabés usar?
- Me estás cargando...
- Naaa...
- Ah... también filma
- Si, tiene una re-definición.
- Que groso
- Si. Vale una moneda...
- ¿Y como se filma? No, primero sacame algunas fotos.

Ahí, cuando las palabras ya habían sido por demás redundantes, la imagen pasó a copar la escena. Todo eso pasaba en mi cabeza. ¡Pero yo no tenía imágenes!

- A ver. Sacame una así
- kish!
- ¿A ver cómo salí?
- ...
- Mmm... Mejor sacame una así. Sí, así. Esperá que me bajo un poco el pantalón. Viste que ahora está de moda que el pantalón deje ver un poco la tanguita...
- ...
- Pará que ahora me subo al escritorio.
- ...
- ¿Qué hacés?
- ¿Vos pensás que soy un guachín, no?
- ¿Eh? ¿Te volviste loco?
- Ahora filmemos

El tono de las voces habían cambiado. De repente yo me encontré con la oreja casi pegada a la mampara y trepándome como cuando se me iba la pelota a lo del vecino.

- Pibe. Esto no se lo vas a mostrar a nadie, ¿no?
- Estás loca

¡Eh! ¿Qué pasó?
Me duele la cabeza. ¿Qué hago en el suelo?

- Dalton, ¿Necesitás algo?
- ¿De que te reís?
- ...
- ¿Te comieron la lengua los ratones?
- ...

Y se fue, sonriente.
Esa sonrisa no me la voy a olvidar jamás.
Es la única imagen que me va a quedar de recuerdo.

La rutina


La rutina es comodidad.
Es lo que hace la vida más fácil.
La rutina es saludar siempre con el misma mejilla (salvo cuando Ojitos viene con su herpes de vida cíclica en el costado derecho de su labio).
La rutina es no tener que preguntarse todos los días para qué.
Es como llevar una sandía de nada bajo el brazo.
Es llegar a creer que uno vive en el caos cuando ese caos nunca se va de control.
La rutina tranquiliza, la rutina seda, la rutina te duerme, pero cuando está estipulado.
Gracias a la rutina uno sabe como va a terminar el día.

La rutina es lo que te alcanza respuestas inmediatamente
la rutina es resetear la máquina cuando se cuelga
la rutina es resetear la máquina cuando se cuelga
la rutina es resetear la máquina cuando se cuelga

No ser rutinario nos haría dar cuenta de que es imposible vivir esta vida.
Liberarse de ella sería como viajar en bolas en el subte (y no en hora pico).
Pero la rutina tiene sus licencias.
A veces te deja que pienses que tal vez resetear la máquina no es la solución.
Entonces te alcanza respuestas inmediatamente.
Y llamás a sistemas.
Y te resetea la máquina.
Y ésta vuelve a funcionar.

La rutina es la militancia de base del statu quo.

El pibe del Delivery

Y seguían pasando los almuerzos con bandejas de plástico deformadas.
¡No podemos dedicarnos a escribir sobre burocracia! Si bien está bueno desnaturalizarla, es lo que nos enferma.
–Es cierto –dice Minoría de Uno- porque además de no sentirnos con semejante permiso, El Proceso ya está escrito.
-Yo ya escribí sobre la rutina y otras cosas, pero Ojitos ni siquiera lo leyó- reprocha Dalton, con el consentimiento de Minoría de Uno, desde el ala uno de la oficina.


¿Si hablamos del Pibe del delivery y sus videos pornos en el celular?

Cual secreto atesorado en ese teléfono móvil de dudosa procedencia que “saca fotos, filma, podés mandar faxes y vale como tres lucas” (!), va coloreando las sonrisas de todos los oficinistas grises atornillados en sus sillas grises, frente a sus escritorios grises, con computadoras grises que habitan este edificio gris.
El pibe, cristalino personaje foráneo pero que es parte esporádica de cada cubículo de la torre, tiene muchas aristas para explorar.
Entra y dice, antes de que a Ojitos se le tornen las mejillas de un color casi morado: “¡Ayer te vi con un pibe en un bar de Corrientes!”. Tanto celebraron el cometario todos sus compañeros (todos hombres), que visita por medio el pibe comenta “¡Ayer estabas en la cola del Golden!”, “¡El otro día te vi entrando a un telo!”.
Pero el Pibe del Delivery es inabarcable. Como cuando relata, ofreciendo un secreto a voces, quiénes del edificio fuman de esos cigarrillitos. Pone tono de clandestinidad mientras da su conferencia con palabras claves pero delatoras al ávido auditorio.
A veces le pedimos café y no viene. Tarda. Lo llamamos y dice “ya voy, en un minuto” y no aparece. “Dale, che, que tenemos que irnos y queremos el café” le repite nuestra voz a través del multifacético móvil que le cuelga del cuello. Y nada.
El misterio se fue develando con los días, cuando asociamos su ausencia a los murmullos en la oficina de al lado: risas. De él y de ella. ¡No! ¡Otra vez perdimos al cafetero! Quedó atrapado en las garras de la morocha. La Morocha, que merece un capítulo aparte, lo interpela cada vez que puede. El Pibe ya no es dueño de sí mismo. Ya no está trabajando, ya no está divirtiendo o relatando. Está atrapado. El pedido de esa oficina, que atiende desde su más hormonal instinto, suena diferente a todos los demás. Más rápido que nunca prepara el más rico y espumante café que se puedan imaginar. Lleva, orgulloso, la humeante excusa para visitar esa oficina sabiéndose presa de esa apetitosa carnada voluptuosa que, en algún recóndito rincón de sí mismo, sabe que es de utilería.

Seres-humanos perro-sensibles



Como decirlo. Sí... veo la tristeza de un perrito abandonado y se me estruja el corazón, como a Lady Di en el túnel (y bueh... en el fondo soy un animal).
Tengo que admitirlo. Pero más tengo que reconocer que esa característica me hace pertenecer al cada vez más amplio sector de seres humanos perro-sensibles.
Perro-sensibilidad, término de lógica opuesta a la foto-sensibilidad.
Será entonces que uno puede ser sensible a un ser vivo y eso significar cierto acercamiento, cuando ser sensible a un fenómeno físico (como la luz) significa cierta aversión.
Tengo un amigo famoso (cholulos del orto, no muevan la cola que no pienso revelar su identidad!) que un día descubrió su fotosensibilidad. Fue cuando un paparazzi lo estaba acribillando cuando estaba paseando a su perrito por Palermo Sensible. En ese momento, ambas sensibilidades, de las que hablamos arriba, se entrecruzaron. Un cóctel fatal se produjo. El caniche-toy fue lanzado cual perro-bala que por agilidad del fotógrafo que se agachó a tiempo terminó incrustado en la vidriera de Yanabey. Pobre perro, todavía debe estar en un canasto de ofertas.
Podríamos decir entonces que hay sensibilidades más fuertes que otras. Y eso puede tener resultados sorprendentes (sino preguntémosle a Pucky que estaba convencido que era lo más amado en la faz de la tierra).
Estamos creando una generación de perros que se la creen, soberbios. Tanto cuidado, tanta crema after-shave... (jamás pude ver tranquilo la tele en casa de mi amigo porque Pucky me gruñia feo. Es que me sentaba en su sillón favorito).
Pero deberíamos ser un poco más específicos, no? No podemos meter todo en una misma bolsa de gatos. Se me ocurre que no es lo mismo un perro con pedigree que uno marca acme, homeless, sucio, sarnoso, maleducado, pedigüeño, pulgoso, defectuoso. No, no es lo mismo.
Estos últimos despiertan otra sensibilidad.
Que raro que somos. A quienes les dedicamos tiempo y dinero los tratamos con una sensibilidad estándar.
Pero ver a esos otros mugrientos, desamparados, es como que nos despierta otra cosa.
¿Pero que pasa con esa sensibilidad para con nuestros pares? Qué injusta vida la de Oliver Kahn!
No tengo ni la más perra idea de cómo se llama, pero hay como una reacción en cadena que se ha pegado a nuestro ser irracional. Algo ha hecho de nosotros seres sensibles a la injusta vida de los animales. El can-ser de nuestra existencia.
Pero algo ha “regulado” nuestra sensibilidad, esta idea de control centralizado está manejando nuestras vidas.
Por el contrario no pasa lo mismo con los canes domésticos, con los perros-perros. Y esto es preocupante porque se extiende en la cadena animal. porque cuando les ponemos nombre podríamos decir antropológicamente que la cagamos. Ya no podemos matarlos para utilizarlos como alimento.
Pero va más allá del binomio animal-comida. Aunque los turros vegetarianos deben haber metido la cola en todo esto, y ahora a mi me deben estar juzgando por antropófago.

La cuestión es que esta desmesurada sensibilidad bio-perro-ecológica me está empezando a molestar. Ya me da rabia. Más me molesta cuando el olfato me dice que algo está mal.
Porque me pregunto: ¿Somos seres sensibles controlados? ¿Somos seres controlados sensiblemente? ¿Somos sensiblemente controlados? ¿Somos ovejas que se dejan manipular sin escándalo?
¿Somos o nos hacemos los pelotudos?
Redistribución de la sensibilidad YA!

Son varias opciones que debemos elegir. Que nos ordenan un poco el m.a.p.a.
Llego a la conclusión, a ver si coinciden, que el instinto se está manipulando.

El otro día unos 150 proteccionistas y defensores de los derechos del animal realizaron un escrache en la estación Plaza de los Virreyes, cabecera del subte E, en protesta por "la matanza salvaje de un perro callejero.

¿Porqué seguramente me acusen de insensible si digo que para mi son 150 pelotudos?
Podemos resistir e impedir nos manipulen la sensibilidad.
I can. You can!


"Rabia" por matanza de perros en el subte E