El estadío del reflejo

La rutina. Lo previsible.
Pero también lo inerte. Estático.
Lo viejo conocido...
De eso nos quejamos, y la queja es evidencia.
Reafirma la posición.
Nos sentimos medio liberados por verla y reconocerla: ahí está, aquí estoy yo.
Esquizofrenia.

Eso que arrastramos pero creemos que nos arrastra.
Rebautizada en la intimidad: esa cosa llamada comodidad, seguridad. TranQuiLiDad.
Susurros mudos que no se atreven a gritar.

¿Es un durante? ¿Un mientras tanto?
¿Estamos esperando algo?

Hablo de la rutina y no de necesidad.

Qué, de lo que hacemos hoy, está buscando cambiar.
¿Riesgo? ¿De liberarnos del ancla que nos atrapa, la que cargamos por cargar?

¿No será, acaso, que la rutina nos deshumanizó al punto de no saber qué buscar?
Hacia dónde. Qué y cuándo. Qué sería lo ideal.

Y ante esa incertidumbre, elegimos no buscar. Sólo para distraernos de que estamos por estar.
Evadirse. Elegir no pensar.
Resignación hacia un mero durar.

Y de vuelta a empezar.
Rutina y queja.
Eso sí, marcando las "rutinas" de los demás.

Buscate, como yo, un espejo.
Mirate a los ojos.
Decite la verdad.

Es eso, eso que ves. Ninguna otra fantasía ó especulación.
Lo que hacés.
Hagámonos cargo y ya.


...ó empecemos a intentar cambiar.

La gota


Las puertas se abrieron en la estación Medrano. Miró para un lado, para el otro y entró. Volvió a girar la cabeza para ambos lados y enfiló para la puerta de enfrente. Apoyó su trasero, notó que era objeto de miradas. Con cara de poker hizo caso omiso y se sentó en el piso. Un pequeño suspiro se le escapó, acto seguido se acostó en el suelo para dormirse profundamente.
Me preguntaba si sabía dónde bajarse como para relajarse de tal manera. Pero es verdad que uno tiene como un reloj automático, varias veces me pasó de despertarme justo cuando se abren las puertas en la estación que debía bajarme.
La cuestión es que me puse a pensar que para la dirección que nos dirigíamos, y si se dignaba a bajar antes de que el subte vuelva a rebotar, iba a terminar ¡en el microcentro!
Su vida iba a cambiar drásticamente. Me lo imaginaba subiendo las escaleras y de repente encontrarse con ese inmenso tronco blanco en el medio de la 9 de julio.
Si subió en Medrano venía de un barrio como Almagro. Muchos edificios pero con cierto aire a barrio, donde uno todavía suele cruzarse con perros vagabundos. En cambio en el microcentro, hay que estar meado por los elefantes para pisar una caca perruna.
Pero lo que me perturba es no saber dónde está en este momento.
El microcentro no tiene más lugar, los autos van por las avenidas pegados como una masa uniforme. La imagen de los trenes desbordados son la imagen de esta ciudad que rebalsa.
Ahora me pregunto si ese perro, marrón, con heridas de guerra callejera, no será la gota que rebalse el vaso...

Razonamiento Deductivo

Si A dicen B, entonces C.
A = los Kirchner
B = "Los medios atentan contra nosotros"
C = "Vamos por la ley de radiodifusión para evitar que siga el mono-oligopolio del mensaje".

No. A ver. Intentemos de nuevo.

Si A dicen D, entonces E.
A
= Los Kirchner
D = "Casi como terroristas, los medios agrupados en pocas manos repiten un discurso desestabilizador que no refleja la verdad"
E = "No les renovamos por ley el permiso que les permite tener el mono-oligopolio del mensaje, para abrir el espacio de los medios a la comunidad toda"

Mmm... Parece que no. ¿Será así?

Si A dicen B ó D, entonces H.
A = Los Kirchner
B = "Los medios atentan contra nosotros"
D = "Casi como terroristas, los medios agrupados en pocas manos repiten un discurso desestabilizador que no refleja la verdad"
H = "Decir B ó D queda bonito. Cajoneamos la Ley de radiodifusión porque si la comunicación se descentraliza y entran en la escena oficial distintas voces, nos coarta la posibilidad de operar a dos ó tres dueños de todos los medios para que digan lo que queremos que digan. Si nos cuesta ahora, Néstor, imaginate. Que nos piden más y más plata extorsionándonos con publicar nuestras bajezas, pero son dos o tres. Yo lo dejo así, querido. Andá a comprar facturas y traete una Barcelona... ¡es re divertida!".

La verdad, no sé cómo aprobé Pensamiento Científico.

Un mazzazo para BA


Te cazo al vuelo



Voy apurado por el microcentro. Trato de escaparle a su sofocante y omnipresente sensación térmica: 34º. Más quiero huirle, más me acosa. Pareciera que fuera como este sistema de vigilancia extrema que avanza cada vez más. Y no crean que exagero, esperen al próximo nueve de diciembre, fecha principesca si la habrá.

Cazo al vuelo el mensaje invisible pero implacable: debo ir cauto por el microcentro si no quiero terminar ahogado.

Me sumerjo en las entrañas del monstruo. Línea B dice el cartel.
Pido permiso al molinete, duda, me retiene por segundos la tarjeta de cartón. Finalmente me deja pasar, pero me imprime un cero en el pase. Cazo al vuelo también este mensaje: la próxima no paso. Y como no voy a ponerme a discutir lo injusto de su decisión (es fin de mes y no tengo ni para- justamente- viajar), paso masticando bronca.
En ese instante levanto la cabeza y un tufo me invade de repente. Resoplo y tomo envión para enfrentar la marea de anónimos y anónimas que están dispuestos y dispuestas a ganarse un lugar en ese encastre humano.

Bajo las escaleras. Una pregunta que va acompañada de una voluntad oscura y tal vez inmanejable se me presenta de pronto: ¿qué pasa si empujo al yuppie que tengo adelante?
Termino de bajar y el hombre trajeado deja ver su costado humano que me solidariza: su camisa está tan transparente como seguro deben estar sus sábanas. Y sus cortinas. Y sus toallas. Sus suelas.
Pero su rostro está fastidiado, pero no parece ser un fastidio momentáneo. Ese rostro porta agresión en sus gestos.
Al terminar de bajar de las escaleras nos vamos ubicando todos en el anden con un desorden pautado.

Llega el subte cual cadena de producción. Solícitos accedemos. Nos empujamos porque sabemos que el tiempo que tenemos nunca es el suficiente. Un pitido suena, cazo al vuelo también esta señal: saco pecho y a puro topetazo me hago lugar.
Somos muy extraños los humanos, tenemos leyes de convivencia que vaya uno a saber cómo y por qué se ponen en común. Si yo hubiese puesto las manos delante, quien recibía el empujón seguro me hubiese mirado mal. Pero como mi cuerpo se comportó como si otra cosa no le quedara quedé eximido de culpa.
Arranca y ese torpe sacudón nos acomoda un poco.
Pasamos la primera estación y en la segunda, con las puertas que se demoran abiertas, escuchamos por los parlantes que dicen que el servicio está con demora.
Algunos resoplan, otros se inquietan, otros parece no haber escuchado.
Es momento para los comentarios, si hubiese apostado habría ganado. Una señora mayor (que no es lo mismo que una viejita o abuela) pica en punta:
- ¡Qué barbaridad, siempre lo mismo!
Se abre un instante, un segundo en que el comentario quedó en soledad. Rebotando por ahí.
Un hombre de unos cincuentilargos, de chomba y maletín recoge el guante:
- Sí, siempre lo mismo. El otro día le pegaron a uno.
- Una barbaridad, como si los trabajadores tuvieran la culpa- dijo la señora, que no era una viejita pero que de repente se me transformó en una abuela.
- Que no van a tener la culpa, ganan más que yo que soy profesional. ¿Cuánto quieren ganar? Trabajan 6 horas. ¡Por favor!- termina su frase dirigiéndose a la abuela que sofocada se nota derrotada como para ensayar un disgusto en sus gestos. Aún así yo lo veo en sus ojos.
Entre una pasividad que me viene del centro, del microcentro, y una ebullición que habrá nacido en las periferias, lo miro con odio a este señor. Caza al vuelo el mensaje.
Sin apenas dejarme soltar mis argumentos, se corre precavido hacia la otra puerta. Así es como debe haber pasado su juventud en los setenta.

Cuán precarios somos, pienso. Y me pongo a pensar de dónde me viene la idea. Si de verme los cordones desatados o de esta situación cotidiana.

Llego a mi estación, veo su nombre pasar por la estación. Malabia... ¿será un presagio ese nombre?
Apenas bajo me corro a un costado y me ato los cordones.
Me incorporo y a lo lejos veo al profesional que se hace lugar a los empujones en la escalera mecánica. Pero se le hace fácil, porque delante de él va el yuppie ajado, aún más decidido.

Salgo de la fosa con una pregunta:
¿Cuál de estos personajes es capaz de pegarle a un trabajador del subte?

¿Impune ó Inimputable?


Tener la explicación de algo, su razón ó motivo de ser, es claudicarlo y ponerle fin. Es no volver a preguntarnos por eso, es cerrar definitivamente el círculo de la reflexión.
Volver una y otra vez sobre lo mismo, con humor ó seriamente. Prestar atención tanto a esas intuiciones esporádicas como a las deducciones más lógicas. Hace, definitivamente, que ese "algo" sea un universo inabarcable, inconmensurable. Nicho de símbolos y procesos. Representante de la lógica del universo ó el más cruel escollo del devenir humano.

COLARSE EN LA FILA DEL COLECTIVO

-Mezquindad sin sentido que no tiene otro fin que el de realizar un acto violento de desprecio al prójimo.

-Hecho intencionalmente subversivo contra la regla establecida de "es por orden de llegada".

-Espasmo de egoísmo irreflexivo que no busca un beneficio particular más que el de adelantarse a otro (si en la fila hay diez, se cola a la mitad; si en la fila hay veinte, se cola por el número diez).

-Heroica irreverencia que no teme a la mirada acusadora del rebaño moralista, y arremete valiente y solo contra la masa atomizada formada en la fila.

-Típico representante de la masa atomizada, devastada y agotada que, rendido, dejó de considerar al “otro”.

Como dije arriba, no creo que haya una única explicación.
¡Aportá la tuya!
Sí rescato que “el orden de la fila para esperar el colectivo” es una de las tantas reglas no-legisladas, que el que la cumple no lo hace por temor a una reprimenda, sino por otros tantos e inabarcables motivos.

Pero también he notado que, sea cual sea el motivo por el que se cola cada uno, la mayoría tienen algo en común: cuando se habla del tema en otros ámbitos, todos te dicen “yo no lo voté” ¡perdón! dicen “yo no me colo”.

¡Necesitamos tu opinión!
Si te colás, contanos tus motivos y te ganás un free-pass VIP, para filas de colectivo, por 30 días.

¿A dónde se fue?


Y la vida me cambió. Nunca más volvió a ser lo que era.
Un instante. El límite entre el ser y la nada. Y un después alterado para siempre.
Ahora recuerdo que no fue algo repentino. Ahora recuerdo que hubo una señal, una advertencia de que esto podía pasar. Ahora recuerdo cuando desapareció por un instante, pero al instante volvió.
Jamás pensé que eso podía ser un indicio, una insinuación.
Así fue que ocurrió. La perplejidad se impuso y una pregunta inundó todos los sentidos.
¿a dónde?
No hay en ese momento respuestas racionales que se presenten para el alivio.
¿a dónde se fue?
En la búsqueda frenética descubro que mi campo de desempeño es inmensamente grande. En esa inmensidad transcurrían mis días. Paradójicamente mi ostracismo hizo que a la vida la mirara como desde un ojo de buey, un monitor de 14.
Pero ya nada es igual. No hay continuidad. Ni siquiera hay salida.
Una eterna parálisis en un no-tiempo.
Se me ocurre una fatalidad como única salida. Pero sé muy bien que eso me haría perderlo todo. Tal vez así pueda volver a su encuentro.
Pienso entonces en re-iniciar esta historia...
Antes de hacerlo. Vuelvo a preguntarme.
¿a dónde mierrrrda se fue el cursor del mouse?

Licenciosos


Esto no puede ser.
Reunión.
¿Alguien sabe qué derechos laborales están contemplados en este trabajo en particular?
Y nadie se sorprende al notar que, repentinamente, conoce todas sus obligaciones y deberes.
¡No podemos ser tan ingenuos!
Me propongo conseguir nuestros derechos. No se entusiasmen, tanto empuje ya no queda dentro de esta máquina de transformar personas en números. Sólo me propongo conseguir una copia de los derechos que se supone están contemplados en este trabajo.
Pero antes, hurgo en el imaginario de todos los que los desconocen (esto es: todos los consultados): “Creo que tenemos 15 días al año por exámenes”. “Por enfermedad te dan unos veinte días al año, me parece”. “¿Habrá días por mudanza?”.
Luego de meses (si, me-ses) de haberme propuesto conseguir esto –es verdad que sin empecinamiento, como con desdén-, llegué a dos conclusiones: la primera es que a nadie se le había ocurrido, hasta mi pregunta, preguntarse sobre sus derechos. La segunda es que, sin proponérmelo, estaba sembrando la semillita de esa pregunta.
Voy por el pasillo y me llama La Rubiecita de la otra punta del edificio. Me dice que, finalmente, encontró nuestros derechos laborales... ¡en internet!
Muchas hojas de “no-derechos” sino de explicaciones burocráticas.
Paso, paso, paso todas esas hojas.

Acá está, página 6. ¿Qué hubieran buscado ustedes primero? Yo, “Licencias”: de 14 a 35 días de vacaciones según la antigüedad; 45 días corridos por año por afecciones comunes (no eran 20, eran más); 15 días por enfermedad de familiar a cargo; 5 días corridos por exámenes y un total de 28 días al año (no eran 15, eran más); 1 día por donación de sangre.
Por maternidad, 45 días antes, y 60 días posteriores; por adopción, 90 días corridos; 2 horas diarias por lactancia; 3 días por nacimiento de hijo; 10 días corridos por matrimonio; Por enfermedad de largo tratamiento hasta 2 años; 3 días por fallecimiento de cónyuge, hijos, nietos, padres ó hermanos.

Y bueno, no son todos los derechos pero aquí están las licencias. Estas dos carillas y media están insertas entre las veintidós carillas de esta ley que leeré con tiempo.
Lo menos llamativo de todo esto es lo previsible que resulta, a veces, el modo tan obvio en que el sistema nos incrusta las obligaciones... y que había dibujado, al menos en el imaginario de las personas a las que había consultado previamente, la mitad de los derechos que les corresponden.
Bueno, decir “la mitad” es ser demasiado optimista.

Los dejo... me voy a donar sangre.

Ascensor


Que los lunes son difíciles
Que el jueves anuncia la inminencia del último día
Que menos mal que es viernes
Y el milagro del feriado que transforma el lunes en fiesta.
Que cuánto calor
-o cuánto frío-
y cómo puede ser
que hayan
–o que no hayan-
prendido la calefacción
Si hay lluvia, ¡qué lluvia!
Si los medios de transporte,
que los horarios,
que a las vacas no les gusta viajar mal,
pero tampoco
las medidas de fuerza.
Así que buen día, permiso, adelante, gracias,
la mesa de entradas al fondo del pasillo.
Buen fin de semana

Formas de ser estandarizadas,
frases que ya estaban dichas,
conversaciones ya conversadas
A veces la rutina habla a través de nosotros

La argentinidad


Un joven de pelo cortísimo sube al metro, el vagón está casi vacío. Se sorprende al ver sentada a una chica de piel trigueña. Sentado frente a ella hay otro joven.

“¡Zorra!. ¡Inmigrante de mierda! ” grita el primero que no titubea y le asesta uno, varios golpes a la adolescente que no puede entender por qué. El testigo de esta terrible escena no se inmuta.

“¡Vuélvete a tu país! Le grita a modo de despedida. Y se baja con rumbo desconocido.

La chica es ecuatoriana, tiene apenas 16 años. Por miedo ni ella ni su familia hizo la denuncia.
Santiago Xavier Martí Martínez es un joven nazi español. “Estaba borracho. No me acuerdo de nada”, fueron sus palabras despreocupadas.

Gracias al testimonio fílmico que obligó a la intervención de oficio de la Guardia Civil el nazi fue detenido.

El testigo de pasiva existencia es un coterráneo.
Yo, argentino.

La rutina es sólo para quien la labra


El es el Pibe del Delivery, el de la yerba y las medialunas, también el de las anécdotas contadas como travesuras, de esas que difieren mucho de lo que el código penal dice y de lo que los duros del guante blanco denuncian.
Ella es administrativa, un estereotipo de mujer: morocha de pelos largos, boca prominente, cintura fina y glúteos extrovertidos (ese tipo de colas que te interpelan. Más: te acusan).
Él acaba de llegar a su mayoría de edad, flaco, menudito (como diría mi abuela), morocho.
Ella, más rápida que el tiempo, está por alcanzar sus treinta.
Todas las mañanas, a eso de las nueve y media, me trae el café con dos medialunas.
A la media hora lo escucho que le lleva a ella un cortado. Así todos los días.
La rutina me hace perder la atención, el piloto automático me filtra todo tipo de novedades. Así me perdí de ver a Los Piojos que tocaron debajo de mi trabajo.
Pero a veces uno, para no sentirse un vegetal, un empleado púdico, decide tomar las riendas de la nave.
No sé si ese momento coincidió con la escena que voy a compartir o ya se venía dando. Un verdadero torbellino de pasiones del otro lado de la mampara, único obstáculo que me separa de la oficina de La Morocha.
Sin más preámbulos. Se viene una historia de sexo.

Escucho que entra en su oficina y ella lo recibe. A continuación el ruido de una bandeja que se apoya en un escritorio. Suena un poco eufórico el saludo y un chuick que se sintió como con succión.
- ¿Cómo estás pibe?
- Acá andamos. Medio fisura. Anoche descontrolamos con el ñeri. Fuimos a dar unas vueltas y terminamos re-tarde.
- Yo estoy aburrida, pero contenta porque es viernes.
- Sí. Termino de laburar y me voy a dormir una siesta así a la noche estoy fresquito.
- Qué calor que hace, ¿no?
- Si. Por lo menos no llueve.
- Pero digo. Vos que andás por todos lados. ¿en todo el edificio hace tanto calor?
- No sé, todavía no fui a los otros pisos.
- Ah... claro. A mi me atendés primero...
- Si. Porque vengo también a traer café a la oficina de un arquitecto.
- Pensé que venías por mí...
- Le dejo el café al arquitecto y vengo para acá.
- Claro. Te desocupás para quedarte un rato conmigo...

Evidentemente hay dos charlas.
De repente vuelvo a mi. Es el teléfono que suena. Sigue sonando, va a seguir sonando.
Vuelvo a mi lugar de espectador.
No se escucha nada. Trato de agudizar mi oído. Lo fuerzo. Nada.

De repente

- Ay, pibe. ¿Cómo me mostrás esto?
- Me lo pasó un pibe que labura abajo.
- Cómo me mostrás esto.
- ...
- Claro. Vos no entendés. Sos muy chiquito...
- Jaja... -la risotada suena un tanto quebradiza
- Qué calor que hace acá
- ...
- ¿Vos no tenés calor?
- ...
- No digas nada. Pero este corpiño me está matando. Date vuelta.
- ...
- Listo. No se nota, ¿no?
- n-no...
- Menos mal que me vine con este pantalón blanco. Viste que la ropa clara es más fresca.
- ...
- Vos con ese jean te debés estar asando...
- s-si...
- Yo no sé como hacen los hombres en verano con los slip. ¿Vos no tenés calor? - ...
- Y... porque no es lo mismo. Nosotras podemos ponernos algo bien chiquito y listo. Es re-fresco. Y cómodo. Con este pantalón casi ni se nota.
- ...
- ¿O si?
- ...
- ...
- n-no...
- Ah... que pícaro que sos nene... te vi que me estabas mirando cuando me di vuelta.
- ...
- ¿Me queda bien?
- ¿Qué cosa?
- Ya sabés
- ¿El pantalón?
- No te hagas el tonti...
- ...
- La tanguita
- ...
- ¡Ey! ¿Te comieron la lengua los ratones?
- No... si... eh, no...
- Ese teléfono saca fotos, ¿no?
- ...
- Dale. ¡Respondeme algo!
- ...
- Bueh... a ver. Prestamelo.
- Sí, tomá. ¿Lo sabés usar?
- Me estás cargando...
- Naaa...
- Ah... también filma
- Si, tiene una re-definición.
- Que groso
- Si. Vale una moneda...
- ¿Y como se filma? No, primero sacame algunas fotos.

Ahí, cuando las palabras ya habían sido por demás redundantes, la imagen pasó a copar la escena. Todo eso pasaba en mi cabeza. ¡Pero yo no tenía imágenes!

- A ver. Sacame una así
- kish!
- ¿A ver cómo salí?
- ...
- Mmm... Mejor sacame una así. Sí, así. Esperá que me bajo un poco el pantalón. Viste que ahora está de moda que el pantalón deje ver un poco la tanguita...
- ...
- Pará que ahora me subo al escritorio.
- ...
- ¿Qué hacés?
- ¿Vos pensás que soy un guachín, no?
- ¿Eh? ¿Te volviste loco?
- Ahora filmemos

El tono de las voces habían cambiado. De repente yo me encontré con la oreja casi pegada a la mampara y trepándome como cuando se me iba la pelota a lo del vecino.

- Pibe. Esto no se lo vas a mostrar a nadie, ¿no?
- Estás loca

¡Eh! ¿Qué pasó?
Me duele la cabeza. ¿Qué hago en el suelo?

- Dalton, ¿Necesitás algo?
- ¿De que te reís?
- ...
- ¿Te comieron la lengua los ratones?
- ...

Y se fue, sonriente.
Esa sonrisa no me la voy a olvidar jamás.
Es la única imagen que me va a quedar de recuerdo.

La rutina


La rutina es comodidad.
Es lo que hace la vida más fácil.
La rutina es saludar siempre con el misma mejilla (salvo cuando Ojitos viene con su herpes de vida cíclica en el costado derecho de su labio).
La rutina es no tener que preguntarse todos los días para qué.
Es como llevar una sandía de nada bajo el brazo.
Es llegar a creer que uno vive en el caos cuando ese caos nunca se va de control.
La rutina tranquiliza, la rutina seda, la rutina te duerme, pero cuando está estipulado.
Gracias a la rutina uno sabe como va a terminar el día.

La rutina es lo que te alcanza respuestas inmediatamente
la rutina es resetear la máquina cuando se cuelga
la rutina es resetear la máquina cuando se cuelga
la rutina es resetear la máquina cuando se cuelga

No ser rutinario nos haría dar cuenta de que es imposible vivir esta vida.
Liberarse de ella sería como viajar en bolas en el subte (y no en hora pico).
Pero la rutina tiene sus licencias.
A veces te deja que pienses que tal vez resetear la máquina no es la solución.
Entonces te alcanza respuestas inmediatamente.
Y llamás a sistemas.
Y te resetea la máquina.
Y ésta vuelve a funcionar.

La rutina es la militancia de base del statu quo.

El pibe del Delivery

Y seguían pasando los almuerzos con bandejas de plástico deformadas.
¡No podemos dedicarnos a escribir sobre burocracia! Si bien está bueno desnaturalizarla, es lo que nos enferma.
–Es cierto –dice Minoría de Uno- porque además de no sentirnos con semejante permiso, El Proceso ya está escrito.
-Yo ya escribí sobre la rutina y otras cosas, pero Ojitos ni siquiera lo leyó- reprocha Dalton, con el consentimiento de Minoría de Uno, desde el ala uno de la oficina.


¿Si hablamos del Pibe del delivery y sus videos pornos en el celular?

Cual secreto atesorado en ese teléfono móvil de dudosa procedencia que “saca fotos, filma, podés mandar faxes y vale como tres lucas” (!), va coloreando las sonrisas de todos los oficinistas grises atornillados en sus sillas grises, frente a sus escritorios grises, con computadoras grises que habitan este edificio gris.
El pibe, cristalino personaje foráneo pero que es parte esporádica de cada cubículo de la torre, tiene muchas aristas para explorar.
Entra y dice, antes de que a Ojitos se le tornen las mejillas de un color casi morado: “¡Ayer te vi con un pibe en un bar de Corrientes!”. Tanto celebraron el cometario todos sus compañeros (todos hombres), que visita por medio el pibe comenta “¡Ayer estabas en la cola del Golden!”, “¡El otro día te vi entrando a un telo!”.
Pero el Pibe del Delivery es inabarcable. Como cuando relata, ofreciendo un secreto a voces, quiénes del edificio fuman de esos cigarrillitos. Pone tono de clandestinidad mientras da su conferencia con palabras claves pero delatoras al ávido auditorio.
A veces le pedimos café y no viene. Tarda. Lo llamamos y dice “ya voy, en un minuto” y no aparece. “Dale, che, que tenemos que irnos y queremos el café” le repite nuestra voz a través del multifacético móvil que le cuelga del cuello. Y nada.
El misterio se fue develando con los días, cuando asociamos su ausencia a los murmullos en la oficina de al lado: risas. De él y de ella. ¡No! ¡Otra vez perdimos al cafetero! Quedó atrapado en las garras de la morocha. La Morocha, que merece un capítulo aparte, lo interpela cada vez que puede. El Pibe ya no es dueño de sí mismo. Ya no está trabajando, ya no está divirtiendo o relatando. Está atrapado. El pedido de esa oficina, que atiende desde su más hormonal instinto, suena diferente a todos los demás. Más rápido que nunca prepara el más rico y espumante café que se puedan imaginar. Lleva, orgulloso, la humeante excusa para visitar esa oficina sabiéndose presa de esa apetitosa carnada voluptuosa que, en algún recóndito rincón de sí mismo, sabe que es de utilería.

Seres-humanos perro-sensibles



Como decirlo. Sí... veo la tristeza de un perrito abandonado y se me estruja el corazón, como a Lady Di en el túnel (y bueh... en el fondo soy un animal).
Tengo que admitirlo. Pero más tengo que reconocer que esa característica me hace pertenecer al cada vez más amplio sector de seres humanos perro-sensibles.
Perro-sensibilidad, término de lógica opuesta a la foto-sensibilidad.
Será entonces que uno puede ser sensible a un ser vivo y eso significar cierto acercamiento, cuando ser sensible a un fenómeno físico (como la luz) significa cierta aversión.
Tengo un amigo famoso (cholulos del orto, no muevan la cola que no pienso revelar su identidad!) que un día descubrió su fotosensibilidad. Fue cuando un paparazzi lo estaba acribillando cuando estaba paseando a su perrito por Palermo Sensible. En ese momento, ambas sensibilidades, de las que hablamos arriba, se entrecruzaron. Un cóctel fatal se produjo. El caniche-toy fue lanzado cual perro-bala que por agilidad del fotógrafo que se agachó a tiempo terminó incrustado en la vidriera de Yanabey. Pobre perro, todavía debe estar en un canasto de ofertas.
Podríamos decir entonces que hay sensibilidades más fuertes que otras. Y eso puede tener resultados sorprendentes (sino preguntémosle a Pucky que estaba convencido que era lo más amado en la faz de la tierra).
Estamos creando una generación de perros que se la creen, soberbios. Tanto cuidado, tanta crema after-shave... (jamás pude ver tranquilo la tele en casa de mi amigo porque Pucky me gruñia feo. Es que me sentaba en su sillón favorito).
Pero deberíamos ser un poco más específicos, no? No podemos meter todo en una misma bolsa de gatos. Se me ocurre que no es lo mismo un perro con pedigree que uno marca acme, homeless, sucio, sarnoso, maleducado, pedigüeño, pulgoso, defectuoso. No, no es lo mismo.
Estos últimos despiertan otra sensibilidad.
Que raro que somos. A quienes les dedicamos tiempo y dinero los tratamos con una sensibilidad estándar.
Pero ver a esos otros mugrientos, desamparados, es como que nos despierta otra cosa.
¿Pero que pasa con esa sensibilidad para con nuestros pares? Qué injusta vida la de Oliver Kahn!
No tengo ni la más perra idea de cómo se llama, pero hay como una reacción en cadena que se ha pegado a nuestro ser irracional. Algo ha hecho de nosotros seres sensibles a la injusta vida de los animales. El can-ser de nuestra existencia.
Pero algo ha “regulado” nuestra sensibilidad, esta idea de control centralizado está manejando nuestras vidas.
Por el contrario no pasa lo mismo con los canes domésticos, con los perros-perros. Y esto es preocupante porque se extiende en la cadena animal. porque cuando les ponemos nombre podríamos decir antropológicamente que la cagamos. Ya no podemos matarlos para utilizarlos como alimento.
Pero va más allá del binomio animal-comida. Aunque los turros vegetarianos deben haber metido la cola en todo esto, y ahora a mi me deben estar juzgando por antropófago.

La cuestión es que esta desmesurada sensibilidad bio-perro-ecológica me está empezando a molestar. Ya me da rabia. Más me molesta cuando el olfato me dice que algo está mal.
Porque me pregunto: ¿Somos seres sensibles controlados? ¿Somos seres controlados sensiblemente? ¿Somos sensiblemente controlados? ¿Somos ovejas que se dejan manipular sin escándalo?
¿Somos o nos hacemos los pelotudos?
Redistribución de la sensibilidad YA!

Son varias opciones que debemos elegir. Que nos ordenan un poco el m.a.p.a.
Llego a la conclusión, a ver si coinciden, que el instinto se está manipulando.

El otro día unos 150 proteccionistas y defensores de los derechos del animal realizaron un escrache en la estación Plaza de los Virreyes, cabecera del subte E, en protesta por "la matanza salvaje de un perro callejero.

¿Porqué seguramente me acusen de insensible si digo que para mi son 150 pelotudos?
Podemos resistir e impedir nos manipulen la sensibilidad.
I can. You can!


"Rabia" por matanza de perros en el subte E

Introducción III. La única verdad es la planillidad

-Sí, Irma, con todo gusto podríamos ayudarte a falsificar la firma...
La burocracia (o los burócratas, sus autores materiales) tiene esas cosas: a veces se permite sus licencias. De repente uno se descubre corriendo en un en un pasillo gris, en un edificio gris, entre oficinas de lo más grises pobladas por vegetales grises, porque es presionado a firmar en tiempo y forma un papel que certifique la presencia de uno en su oficina en el horario indicado.
No es sólo la gravedad de dejar de hacer cualquier cosa que uno esté haciendo (trabajo, en cualquiera de sus formas) para acudir al rescate del papel, siempre más urgente. El papel incluso antes que la realidad: no importa que uno haga bien o mal lo que tiene que hacer, no importa siquiera que uno esté o no en el lugar que el papel certifica, nada le quitará el sueño al edificio gris mientras haya papeles que certifiquen que las cosas están donde deben estar.
Es la dictadura del papel.
Es la opresión que hace que la ontología del papel sea notablemente más imponente que la humana.
Es la dictadura del sistema puesta en una hoja entintada.
Y una burócrata, que no es más que una feliz servidora de nuestro dictador, apuntándonos con su planilla.
Y ahora buscando nuestra complicidad para esquivar el tiro que le sale por la culata.
La burocracia tiene esas cosas: a veces nos permite sus licencias. Pero sólo cuando ella lo decide. El amo pide la mano al esclavo.
- Sí, Irma, con todo gusto podríamos ayudarte a falsificar la firma... pero sucede que no sabemos cómo es. Si te fijas entre tus papeles seguramente encontrarás alguno que le hayas hecho firmar a Rogelio cuando aún vivía.

Introducción II. La vida irmarizada

Pero los estereotipos tienen siempre algo de inverosimilitud. Tendríamos que aclarar que todo lo aquí narrado se inspira en nuestra realidad. Porque impresiona cruzarte a diario, en carne y hueso, una caricatura exacerbada de una tipificación. Aquello que resulta poco creíble cuando aparece en la ficción.
Si nos hubieran visto celebrar la supuesta licencia que Irma se tomaba al querer falsificar. ¡Oh!
¡Tiene algo de criterio propio! ¡Pudo advertir que el sistema estandarizado no es vehículo sino obstáculo! ¡Iniciativa rebelde al procedimiento que le dice que la firma es única y personal!
Error.
Irma sabe que antes que el trabajo ó que el trabajador… antes que el mediocre sentido común o antes que la divina Creación está la planilla, el sello y la firma. ¡Si le falta eso es SU error! Falsifica, vende el alma al infierno de la humanización cuando advierte su pecado. Justo ella, la canonizada de la burocratización.
Horacio, fiel discípulo, no puede dejar de tener su mención:
“Este tipo de nota les va a llegar casi todos los días. Ustedes tienen que responderla con este formato”.
Renunciando a la posibilidad que entiendan lo inútil de enviarnos notas todos los días para decirnos cosas que podemos arreglar personal ó telefónicamente, aprendimos a decirles a todo que sí.
Respondemos con el formato indicado y llevamos la nota al mundo Irmarizado. Horacio instruye a la representante insurrecta que le enviamos:
-Te falta el remito
-¿Qué remito? –se asombra ella que, ingenua, había pensado que con sólo responder la nota iba a salir del laberíntico agujero de la burocracia tutelar.
-El que dice que yo recibí tu respuesta a mi nota. Es para que vos te cubras de que la entregaste, es por tu bien.
-No te preocupes. Prefiero no cubrirme, correr el riesgo.
-No. Tenés que traer el remito que diga que yo recibí tu nota y yo lo tengo que firmar. Es así.
Fue. Hizo el ridículo papel que se supone que es por su bien. Volvió.
-Acá está el remito que me cubre acerca de que vos recibiste mi respuesta a tu nota.
-Ah, pero falta una copia del remito –advierte casi orgulloso Horacio, como si detectar las faltas al reglamento le sumara prestigio.
-¿Una copia? –pregunta ella, al borde de la desesperación desesperanzada.
-Si, copia que me queda a mí para que yo me cubra de que firmé el remito que te cubre de que me entregaste la respuesta a mi nota.

Introducción I. ¿Hacemos un blog?


La mesa redonda estaba llena de desperdicios, migas por todos lados. Las bandejas de plástico un poco deformadas nos daban una idea de lo que estaba haciendo esa salsa viscosa con nuestro estómago.
En la sobremesa retomamos la idea de hacer un blog. Después de varios intentos de remarla contra nuestra propia nada, después de irnos cada uno a su rincón cual balseros antiimperialistas, parece que esta vez vemos la orilla.
Sobre qué era el interrogante.
El para qué lo fulminamos en el preciso momento en que asomó su cabeza ideológica.
No tuvimos más que ver(nos) a nuestro alrededor. Este mundo estandarizado está lleno de estereotipos. Pero algo sucede que ese orden previsible hace que los estereotipos no sean tan visibles, pero aún así reconocibles.
En ese momento y sin mediar frotación alguna de ningún elemento mágico apareció Irma. Ese espécimen que dieron a luz a través de nota administrativa y sumario notarial. Esa costilla del hombre burócrata. Antídoto defensor del statu quo. Irma misma es una factura vencida. Una factura consumidor final. Vigilante sin crema es sacramento. ¿por qué no hay medialunas de grasa con dulce de leche?
Entra Irma y sin pedir permiso elige la mejilla de Minoría de Uno y le estampa un beso que le deja algo de saliva. ADN sexagenario le cuelga ahora a Minoría de su mejilla.
Preocupada, siempre con un formulario, nota, planilla en la mano arremete: quiere falsificar la firma del difunto Rogelio.