Y seguían pasando los almuerzos con bandejas de plástico deformadas.
¡No podemos dedicarnos a escribir sobre burocracia! Si bien está bueno desnaturalizarla, es lo que nos enferma.
–Es cierto –dice Minoría de Uno- porque además de no sentirnos con semejante permiso, El Proceso ya está escrito.
-Yo ya escribí sobre la rutina y otras cosas, pero Ojitos ni siquiera lo leyó- reprocha Dalton, con el consentimiento de Minoría de Uno, desde el ala uno de la oficina.
¿Si hablamos del Pibe del delivery y sus videos pornos en el celular?
Cual secreto atesorado en ese teléfono móvil de dudosa procedencia que “saca fotos, filma, podés mandar faxes y vale como tres lucas” (!), va coloreando las sonrisas de todos los oficinistas grises atornillados en sus sillas grises, frente a sus escritorios grises, con computadoras grises que habitan este edificio gris.
El pibe, cristalino personaje foráneo pero que es parte esporádica de cada cubículo de la torre, tiene muchas aristas para explorar.
Entra y dice, antes de que a Ojitos se le tornen las mejillas de un color casi morado: “¡Ayer te vi con un pibe en un bar de Corrientes!”. Tanto celebraron el cometario todos sus compañeros (todos hombres), que visita por medio el pibe comenta “¡Ayer estabas en la cola del Golden!”, “¡El otro día te vi entrando a un telo!”.
Pero el Pibe del Delivery es inabarcable. Como cuando relata, ofreciendo un secreto a voces, quiénes del edificio fuman de esos cigarrillitos. Pone tono de clandestinidad mientras da su conferencia con palabras claves pero delatoras al ávido auditorio.
A veces le pedimos café y no viene. Tarda. Lo llamamos y dice “ya voy, en un minuto” y no aparece. “Dale, che, que tenemos que irnos y queremos el café” le repite nuestra voz a través del multifacético móvil que le cuelga del cuello. Y nada.
El misterio se fue develando con los días, cuando asociamos su ausencia a los murmullos en la oficina de al lado: risas. De él y de ella. ¡No! ¡Otra vez perdimos al cafetero! Quedó atrapado en las garras de la morocha. La Morocha, que merece un capítulo aparte, lo interpela cada vez que puede. El Pibe ya no es dueño de sí mismo. Ya no está trabajando, ya no está divirtiendo o relatando. Está atrapado. El pedido de esa oficina, que atiende desde su más hormonal instinto, suena diferente a todos los demás. Más rápido que nunca prepara el más rico y espumante café que se puedan imaginar. Lleva, orgulloso, la humeante excusa para visitar esa oficina sabiéndose presa de esa apetitosa carnada voluptuosa que, en algún recóndito rincón de sí mismo, sabe que es de utilería.
¡No podemos dedicarnos a escribir sobre burocracia! Si bien está bueno desnaturalizarla, es lo que nos enferma.
–Es cierto –dice Minoría de Uno- porque además de no sentirnos con semejante permiso, El Proceso ya está escrito.
-Yo ya escribí sobre la rutina y otras cosas, pero Ojitos ni siquiera lo leyó- reprocha Dalton, con el consentimiento de Minoría de Uno, desde el ala uno de la oficina.
¿Si hablamos del Pibe del delivery y sus videos pornos en el celular?
Cual secreto atesorado en ese teléfono móvil de dudosa procedencia que “saca fotos, filma, podés mandar faxes y vale como tres lucas” (!), va coloreando las sonrisas de todos los oficinistas grises atornillados en sus sillas grises, frente a sus escritorios grises, con computadoras grises que habitan este edificio gris.
El pibe, cristalino personaje foráneo pero que es parte esporádica de cada cubículo de la torre, tiene muchas aristas para explorar.
Entra y dice, antes de que a Ojitos se le tornen las mejillas de un color casi morado: “¡Ayer te vi con un pibe en un bar de Corrientes!”. Tanto celebraron el cometario todos sus compañeros (todos hombres), que visita por medio el pibe comenta “¡Ayer estabas en la cola del Golden!”, “¡El otro día te vi entrando a un telo!”.
Pero el Pibe del Delivery es inabarcable. Como cuando relata, ofreciendo un secreto a voces, quiénes del edificio fuman de esos cigarrillitos. Pone tono de clandestinidad mientras da su conferencia con palabras claves pero delatoras al ávido auditorio.
A veces le pedimos café y no viene. Tarda. Lo llamamos y dice “ya voy, en un minuto” y no aparece. “Dale, che, que tenemos que irnos y queremos el café” le repite nuestra voz a través del multifacético móvil que le cuelga del cuello. Y nada.
El misterio se fue develando con los días, cuando asociamos su ausencia a los murmullos en la oficina de al lado: risas. De él y de ella. ¡No! ¡Otra vez perdimos al cafetero! Quedó atrapado en las garras de la morocha. La Morocha, que merece un capítulo aparte, lo interpela cada vez que puede. El Pibe ya no es dueño de sí mismo. Ya no está trabajando, ya no está divirtiendo o relatando. Está atrapado. El pedido de esa oficina, que atiende desde su más hormonal instinto, suena diferente a todos los demás. Más rápido que nunca prepara el más rico y espumante café que se puedan imaginar. Lleva, orgulloso, la humeante excusa para visitar esa oficina sabiéndose presa de esa apetitosa carnada voluptuosa que, en algún recóndito rincón de sí mismo, sabe que es de utilería.
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